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Qué futuro tiene el crédito corporativo europeo

21/09/2020

La renta fija privada en Europa es una posible alternativa para los inversores, en un contexto en el que se debe seguir buscando rentabilidad en las carteras, a pesar de existir mayor volatilidad e incertidumbre en los mercados.

Decía el conocido escritor de la Ilustración Jean-Jacques Rousseau que “la previsión más necesaria es comprender que no es posible preverlo todo”. En un contexto de crisis como el actual en el que los organismos oficiales no logran ponerse de acuerdo sobre las previsiones macroeconómicas relativas al deterioro en el Producto Interior Bruto (PIB) de los países, en la destrucción de los puestos de trabajo o en las necesidades de liquidez que precisará el tejido productivo para recuperarse, parece una quimera atreverse a realizar estimaciones sobre la evolución de los mercados de capitales o, más en concreto, en relación a la renta variable.

Esta incertidumbre puede contribuir a devolver cierto protagonismo a los productos de renta fija, como los bonos, que son instrumentos de deuda que utilizan con frecuencia las empresas como fuente de financiación. Entre ellos, existe una categoría, en función de su calidad crediticia, denominada investment  grade (grado de inversión en español), que se caracteriza por ofrecer a los inversores una elevada solvencia, ya que su riesgo (entendiendo este como la posibilidad de que el emisor no se haga cargo de la devolución del préstamo) es bajo.

Apostar por este tipo de productos no quiere decir que el inversor actúe sobre seguro, ya que durante los últimos meses las turbulencias en los mercados financieros han provocado un crecimiento de los denominados fallen angels (ángeles caídos en español), en su denominación técnica, y que se tratan de bonos que, aunque nacieron en un principio con una calidad crediticia que les situaba dentro de la categoría investment grade, han terminado por convertirse en high yield, o, lo que es lo mismo, en bonos que, si bien ofrecen tradicionalmente un retorno más elevado, también gozan de un riesgo de impago mayor.

De hecho, el principal supervisor financiero español, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), asegura en su ‘Guía de los productos de renta fija’, que, entre los principales riesgos de invertir en bonos, cabe destacar las fluctuaciones en los precios, como consecuencia de la evolución de los tipos de interés y las condiciones económicas; la amenaza de liquidez por culpa de que no se encuentre contrapartida en el mercado y, por tanto, que no se pueda vender el producto; y el riesgo de crédito que se asume por la posible falta de cobro de los intereses y del principal de la inversión por parte del emisor.

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Un entorno de oportunidades

Entre las potenciales ventajas que tiene para un inversor adquirir un bono se encuentra el derecho a recibir, además de su dinero, un cupón previamente acordado. En un contexto de ralentización económica y falta de liquidez, muchas compañías cotizadas están reduciendo o, incluso, renunciando al pago de dividendos a sus accionistas, lo que no pueden hacer con el cupón. Además, el teórico principal competidor en renta fija, la deuda gubernamental, parece una opción poco atractiva a juzgar por las bajas tasas de interés que hay en muchas de las principales economías del planeta.

Por si fuera poco, primero el Banco Central Europeo (BCE) en mayo, a través de su presidenta, Christine Lagarde, y, unas semanas más tarde, la Reserva Federal de EE.UU. (Fed), anunciaron la compra directa tanto de deuda high yield  como de algunos ángeles caídos, con el objetivo de facilitar el acceso al crédito de las empresas en el mercado secundario. La existencia de estos compradores masivos de los bonos de mayor riesgo favorece un mayor atractivo para el investment grade, y más sobre aquellos bonos con una calificación crediticia mayor, ya que es posible que, en los próximos meses, algunos caigan hasta convertirse en ángeles caídos.

En este contexto, las empresas parecen seguir confiando en los bonos corporativos como mecanismo eficaz para la obtención de liquidez en una coyuntura marcada por la elevada volatilidad y por la incertidumbre. De hecho, según datos de Refinitiv, la emisión de investment  grade a nivel global durante el primer semestre de 2020 alcanzó los 2,8 billones de dólares, un 39% más que en el mismo periodo del año anterior, y parece que esta tendencia proseguirá a lo largo de los próximos meses.

Perspectivas en Europa

El futuro más cercano, desde la óptica económica, parece que va a estar muy influenciado por la geopolítica, con varios frentes abiertos de gran relevancia, cuya resolución tendrá un impacto en los mercados, como las elecciones presidenciales en EE.UU., el conflicto comercial entre Washington y Pekín, el acuerdo final entre Reino Unido y la Unión Europea o los efectos reales del actual proceso de desglobalización que parece estar afrontando el planeta.

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En una coyuntura tan abierta, tal y como se afirma en el informe ‘Corporate Bond Market Trends, Emerging Risks and Monetary Policy’ de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), productos de menor riesgo como los bonos investment grade pueden suponer una base de rentabilidad para las carteras de los inversores, en especial relacionados con empresas que sean estables y aporten crecimientos sostenidos, aunque no sean muy elevados, así como balances saneados. Muchas compañías europeas, de sectores como la industria, la sanidad, la automoción, el lujo o la logística responden a estas características, sumando, además, que es probable que recurran a este mecanismo de financiación para mejorar sus márgenes de circulante.

Desde el punto de vista del mercado, a lo largo de los meses iniciales de la crisis sanitaria, muchos inversores vendieron sus bonos europeos más líquidos simplemente para obtener efectivo, lo que ha contribuido a otorgar más valor a aquellos que todavía están disponibles. Como se recoge en el informe de la agencia Fitch ‘Coronavirus: Credit Scenarios and Ratings Impact’, no se veían unos rendimientos de los bonos corporativos tan altos desde 2009, en plena recesión global, pero la diferencia actual con respecto a aquel momento es que es “muy poco probable” que se produzcan incumplimientos en los pagos por parte de las compañías, ya que las constantes medidas de estímulo monetario desde, entre otros, el BCE, están sirviendo para estabilizar las cuentas de las empresas, por lo que es prácticamente seguro que no se alcancen los niveles de dificultades financieras graves que tuvieron lugar hace alrededor de una década.

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Fotografía de Jossuha Théophile en Unsplash
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