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¿Qué hacer si mi fondo pierde dinero?

El temor, las dudas y la procrastinación nos hacen tomar malas decisiones al invertir

“Rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras”. Esta frase está presente en todos los documentos comerciales relacionados con los fondos de inversión. “Ésta sirve para recordar a los inversores que las rentabilidades (positivas o negativas) pasadas no tienen por qué ser un buen predictor de las futuras de una estrategia de inversión o una clase de activo”, explica Carlos Fernández, doctor en Economía y profesor del Master de International Finance del IEB, con  más de 17 años de experiencia en la industria financiera. Además, actualmente es Senior Advisor del área de Consultoría de Grant Thornton en España.

Fernández considera que el verdadero problema es que un fondo no debería ser más que una pieza dentro de una cartera, que debería estar convenientemente diversificada y ajustada al perfil del inversor (descubre cuál es el tuyo aquí). En definitiva, ajustada a sus objetivos. 

“Si éste es el caso, el comportamiento temporal de un fondo, por ejemplo, que haya rentabilidades negativas no debería llamarnos la atención. Un error muy común consiste en revisar el estado mensual o trimestral de nuestra cartera para buscar líneas, es decir, fondos o activos que estén en negativo, pensando en venderlos”, afirma el profesor. Esos fondos o activos forman parte de la distribución de la cartera y, cuando la diversificación es sólida, debemos tener en cuenta que, en ocasiones, algunas líneas de nuestra cartera aparecerán en negativo.

Nuestro cerebro, el mayor enemigo

Pero entonces, ¿no debemos vender un fondo que esté en negativo en nuestra cartera? “La realidad es mucho más compleja, me temo, y la psicología del inversor no nos ayuda nada”, sentencia el experto. 

Desde luego, la decisión de vender o no un fondo de inversión de nuestra cartera no puede proceder de sus resultados. Los resultados negativos en un fondo son como la fiebre que nos alerta de un proceso infeccioso. Puede ayudarnos a poner el foco sobre dicho vehículo y revisar si sigue teniendo sentido en nuestra cartera, pero no son los resultados pasados, sino nuestras expectativas sobre los resultados futuros, lo que debe llevarnos a tomar una decisión.

Desgraciadamente, nuestro cerebro es conservador por supervivencia, lo que nos marcará a la hora de evaluar racionalmente una inversión. El hecho de que veamos un fondo desde la perspectiva de sus resultados respecto a un precio de adquisición, algo que no nos dice nada sobre los futuros re?sultados del fondo, se debe a que estamos influenciados por el sesgo de anclaje. Este sesgo psicológico nos fuerza constantemente a ver las expectativas sobre nuestras inversiones en función del precio al que hemos comprado. 

Por supuesto que el precio de adquisición es relevante, pero no lo es de cara a evaluar la evolución futura de los activos o fondos en los que estamos invertidos. Sin embargo, siempre nos surge esa idea de esperar un poco a ver si sube y la inversión vuelve al precio al que se compró, como si hubiese una relación mágica entre la cotización o el valor liquidativo actual y la referencia de nuestra compra.

Además, la procrastinación, el hecho de dejar para mañana cosas que podríamos hacer hoy, hace mella especialmente en el comportamiento del inversor siempre que tiene que tomar una decisión que altera su cartera. Si a eso le sumamos el sesgo de arrepentimiento, es decir, el malestar que sentimos pensando que vamos a tomar una decisión que puede afectar los resultados de la cartera, la cosa no hace más que empeorar. 

Es una situación cíclica: si nuestra cartera o un fondo en particular van bien, pensamos que si vendemos vamos a perder la continuación de los buenos resultados. Y si la cartera o un fondo nos va mal, al vender hacemos reales las pérdidas, y a ello se une la duda de “¿qué pasa si el mercado se da la vuelta?”, ejemplifica Fernández.

 


 

Motivos para vender

Como puede observarse en todos estos argumentos, no hay criterios objetivos en la toma de la decisión, sino tan solo sensaciones y ‘artimañas’ de nuestro cerebro para evitar el conflicto (actuar, arrepentirse) o encontrar relaciones espurias (el precio al que se compró frente a las expectativas futuras de rentabilidad). 

De hecho, desde un punto de vista puramente racional, y partiendo de la base de que el inversor tiene una cartera convenientemente diversificada y ajustada a su perfil, hay pocos motivos por los que debería venderse un fondo. A pesar de ellos, los hay. Por ejemplo, que el gestor no cumpla con su mandato de inversión; que podamos encontrar un fondo similar a un menor coste, aunque el profesor avisa que esto no siempre es sencillo de evaluar, o que existan cambios significativos en el equipo gestor o en el proceso que nos hagan dudar de la idoneidad de mantener la confianza en el fondo.

Si a pesar de tener toda la información y tener claro que entrar y salir de los fondos en función de los movimientos del mercado puede minimizar la rentabilidad de tus inversiones, no consigues evitar la tentación, debes saber que el error de cambiar los fondos utilizando el espejo retrovisor de las rentabilidades pasadas no es exclusivo del inversor de a pie. “Los inversores institucionales están sujetos a los mismos sesgos de conducta y, en ocasiones, los estudios académicos les sacan los colores”, afirma Fernández.

Fotografía de Austin Distel en Unsplash
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