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Cómo vivir en una sociedad individualista

No cabe duda de que desde hace tiempo la sociedad española ha entrado de lleno en la era del individualismo. Pero ¿qué entendemos por individualismo? Los sociólogos preferimos hablar de individualización más que de individualismo porque creemos que no se trata tanto de una preferencia ideológica sino de un proceso que afecta a la familia y al conjunto del orden social. 

El individuo como elemento central

Llamamos individualización al proceso en el que se produce una gradual sustitución de las familias por los individuos como unidades elementales de la vida social. Esto significa que se ha abierto la posibilidad de que una parte de la población, a veces no de forma permanente sino en determinados períodos de su vida, lo hagan solos o en otras formas de convivencia. Uno de los indicadores de la evolución de este proceso, es el volumen de los individuos que viven solos. Según la Encuesta Continua de Hogares del Instituto Nacional de Estadística (2017), uno de cada cuatro hogares está formado por personas que viven solas (un 58,2% de los hogares unipersonales son personas de menos de 65 años).

Esta nueva concepción vital no implica que una sociedad individualizada se caracterice siempre por dar lugar a individuos egoístas y atomizados, todo lo contrario. En las sociedades individualizadas los ciudadanos suelen perseguir numerosas causas solidarias y participar en iniciativas de tipo colectivo. En efecto, las respuestas singulares que dan las personas a las condiciones que impone una sociedad individualizada acaban marcando el talante del espacio público. Mientras que algunos pasan horas frente a la televisión encerrados en su hogar, otros cultivan sus amistades, persiguen sus afinidades lúdicas o colaboran con sus conciudadanos para mejorar el entorno. Sin embargo, es obvio que en una colectividad individualizada la intensidad del espíritu comunitario y el dinamismo de la sociedad civil dependen mucho menos de la tradición que de la capacidad espontánea, activa y creativa de sus ciudadanos. 

¿Qué es una sociedad individualizada?

Lo esencial del proceso de individualización es que las pautas de residencia basadas en los vínculos interpersonales son voluntarias y no forzadas por falta de alternativas. En teoría al menos, las personas de las sociedades individualizadas disponen de una mayor capacidad de elección y decisión para llevar a cabo sus aspiraciones y proyectos, lo cual les brinda una mayor autonomía y una menor dependencia de las relaciones de parentesco. Es por ello por lo que, más allá de los posibles inconvenientes del individualismo institucionalizado, deberíamos también calibrar sus ventajas. 

Una de las consecuencias más importantes de la individualización es el crecimiento del número de hogares privados y la reducción de su tamaño. Uno de los retos fundamentales que nos plantea una sociedad individualizada es la problemática que se puede generar por la diferencia de recursos entre los distintos tipos de hogar, tanto desde el punto de vista material como del bienestar de sus miembros. 

Una de las preocupaciones primordiales de los responsables del bienestar infantil es la situación de los más pequeños, que a menudo experimentan difíciles transiciones de cambio de hogar, como sucede en el caso de la ruptura matrimonial.  En 2017 hubo en España casi 100.000 divorcios. Según el INE, la última cifra publicada del total de disoluciones (nulidades, separaciones y divorcios) fue de 102.341. En los últimos años la tasa por 1000 de disoluciones se mantiene estable con una leve tendencia al alza. 

En principio, los ciudadanos de una sociedad individualizada deberían estar abiertos a diversos cambios a lo largo de sus vidas y, por lo tanto, dispuestos a una mayor movilidad, tanto territorial como social. Aunque no tiene porqué ser necesariamente así, todo depende del valor que se le dé a la estabilidad.

La problemática actual

Hoy en día la fuente principal de ingreso es el salario, que se obtiene gracias a la integración de los trabajadores en el mercado de trabajo. En el caso de los jóvenes el ingreso al primer empleo es un reto de primera magnitud ya que constituye un requisito necesario para su emancipación. Asimismo, el acceso fácil a una vivienda digna y adecuada supone una exigencia necesaria para completar su independencia de los hogares de origen. El buen funcionamiento de los mercados de trabajo y de la vivienda, representan importantes desafíos para poder hacer frente a las transiciones vitales de las personas a lo largo de su existencia.   

En España se dan distorsiones sustanciales en los mercados de trabajo y de la vivienda que entran en contradicción con la permanencia de una sociedad individualizada. Con ocasión de cada crisis económica se produce una enorme destrucción de empleo. A pesar de que ha ido disminuyendo en los últimos años, la tasa de paro en España es todavía del 15,3%, la más alta de los países de la Unión Europea, con excepción de Grecia. La última tasa de desempleo publicada de los jóvenes de 15 a 24 años es del 33,6%. Mientras que en Dinamarca o Finlandia la tasa de emancipación de los jóvenes de entre 25 y 29 años ronda el 95%, en España está tan sólo superando el 40%. 

Es probable que vivamos una mayor individualización a medida que las nuevas generaciones entren a formar parte de la población activa. Pero ello no tiene porqué ser negativo, puede que estemos presenciando el nacimiento de una sociedad con más capacidad para adaptarse a las diferentes situaciones económicas y laborales. 

 

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Fotografías de Priscilla Du Preez, Anete Lüsina y Tina Bo en Unsplash
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