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Psicología y finanzas personales, ¿nuestro cerebro 'ama u odia' invertir?

08/10/2020

En las inversiones existe el riesgo de que la persona se deje llevar por las emociones, sobre todo, en periodos de alta volatilidad como el actual debido a la crisis económica derivada de la pandemia del coronavirus

El peso que la razón debe tener en las decisiones financieras es fundamental. Desde siempre. Ya lo decía en los años 50 Benjamin Graham, considerado el padre del value investing: "Las personas que no pueden controlar sus emociones no son aptas para obtener beneficios mediante la inversión". Uno de los inversores más importantes de la última década, Warren Buffett, lo confirma con su frase: "Un inversor debería actuar como si tuviera una tarjeta con sólo 20 decisiones (de compra) para tomar a lo largo de su vida".

El ser humano se basa en el binomio razón- emoción, pero, ya sea en periodos de bonanza o de incertidumbre, la segunda es la que suele mandar sobre las decisiones, tanto por exceso de confianza como por miedo. Y el mercado no es ajeno a esta reacción. Las caídas sin fin que se han visto este año a raíz de la pandemia de la COVID-19 han creado en muchos inversores lo que se podría denominar 'bursátilfobia', es decir, miedo a no saber qué hacer ante esta situación. Los expertos coinciden en señalar que atemorizarse es normal, el problema viene cuando las decisiones de inversión se basan en estas emociones.

De hecho, en la práctica, el 80% de los inversores particulares y el 30% de los institucionales se mueven antes por inercia que por lógica, según Harvard Business School. "Tenemos que saber que por naturaleza somos adversos al riesgo y la huida es nuestro principal mecanismo de defensa, un mecanismo universal de supervivencia que compartimos con la mayoría de seres vivos. Por lo cual, es normal que nuestro instinto más primitivo nos haga dejarnos llevar por el pánico en períodos de elevada volatilidad", señala Federico Servetto, director de Estrategia de Clientes de Banco Sabadell.

Es más, según los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, padres de la teoría prospectiva, el cerebro percibe las pérdidas con una intensidad 2,5 veces mayor que las recompensas. Por tanto, el placer de ganar 100 euros es menor que el dolor que se siente al perderlos, porque el cerebro humano tiende siempre a sobredimensionar lo negativo.

Es en este contexto cuando entra en juego la llamada economía conductual o psicología económica, que estudia los comportamientos humanos para desarrollar, a partir de ello, modelos económicos más precisos y prácticos que los facilitados por la teoría económica convencional, que se basa en las premisas de que los sujetos saben lo que quieren, utilizan la información disponible de una manera dirigida a conseguir sus objetivos y comprenden perfectamente los riesgos y los beneficios de sus decisiones financieras.

La economía conductual vivió un gran impulso en 2017 a raíz del Premio Nobel de Economía concedido al economista Richard H. Thaler, quien sostiene que los sujetos no son seres plenamente racionales y que esa racionalidad limitada afecta al comportamiento de los mercados. Una teoría que comparte el también Premio Nobel de Economía en 2002, Kahneman, catedrático de psicología de la Universidad de Princeton (EE.UU.).

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Sesgos cognitivos

 Tal y como recoge la guía 'Psicología económica para inversores', de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), la mayoría de las decisiones se toman siguiendo procesos intuitivos y automáticos en vez de procesos analíticos y controlados. Este modo de pensar rápido y subjetivo está sometido a la influencia de los sesgos que llevan a las personas a adoptar decisiones que son previsiblemente equivocadas.

En el ámbito de la toma de decisiones de inversión, algunos de los sesgos más comunes son el exceso de confianza; la ilusión de control; sobreestimar las opiniones de determinadas personas; imitar las acciones que realizan otros; el descuento hiperbólico, es decir, elegir recompensas más pequeñas e inmediatas frente a recompensas mayores y alejadas en el tiempo; la aversión a las pérdidas; o la falacia del coste hundido, el sesgo que lleva a mantener una inversión que ha generado o está generando pérdidas ante el temor a perder lo que ya se ha invertido.

Algunos de estos sesgos han provocado que durante estos meses los inversores hayan salido despavoridos del mercado por temor a sufrir más pérdidas y una de las consecuencias del pánico generalizado es que muchas compañías con buenos fundamentales y sólidos modelos de negocio también se están viendo afectadas, pese a que su valor sigue estando ahí.

"Sabemos, gracias a los análisis de la evidencia histórica de los mercados, que estos períodos de elevada volatilidad son pasajeros. Por tanto, no hay que dejarse llevar por esos impulsos y se debe mantener la calma, ya que en el largo plazo la alta volatilidad irá disminuyendo. Esto nos permitirá tomar decisiones de inversión, no bajo los efectos del mecanismo de defensa de la huida, sino de la forma más racional y meditada, una vez se haya alejado el 'fantasma' de la volatilidad", sostiene Servetto.

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Cómo luchar contra las emociones

Antes de llegar ni siquiera al punto de tener que controlar las emociones en las inversiones, el primer paso es identificar qué tipo de inversor se es, pues esto marcará la estrategia y, por tanto, las aspiraciones que se pueden tener y los riesgos que se deben asumir.

La clasificación estándar viene determinada por la aversión al riesgo, de la que se desprenden tres tipos de inversor: el conservador, que trata de preservar el capital y busca superar la inflación y, por tanto, admite baja exposición al riesgo; el moderado, que busca el equilibrio entre estabilidad y crecimiento patrimonial, por lo que la exposición al riesgo tolerada es intermedia; y el agresivo, que quiere maximizar la rentabilidad, por lo que su exposición al riesgo es elevada.

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Una vez resuelta esta cuestión, Federico Servetto aconseja tres reglas básicas. Por un lado, diversificar: "Al dividir nuestras inversiones en distintos tipos de activos, áreas geográficas o sectores de la industria reducimos los efectos de las oscilaciones de mercado sobre nuestra inversión total". Por otro lado, tener paciencia: "Las inversiones requieren un plazo para madurar y dar sus frutos. Hay que disponer de una amplitud de miras y una perspectiva de inversión a largo plazo que acepte cierta volatilidad a corto plazo". Por último, ser constante: "Esto implica crear un hábito de la inversión, es decir no invertir sólo puntualmente con grandes importes, sino hacerlo frecuentemente con inversiones periódicas y de menor cantidad".

Por su parte, la CNMV recuerda que es probable que las personas con extensos conocimientos en economía los apliquen a la hora de tomar una decisión financiera y mitiguen los sesgos. A este respecto, según la 'Encuesta de Competencias Financieras', elaborada por el Banco de España y la CNMV, España se sitúa por debajo de la media entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en cuanto a conocimientos financieros.

"Dicha formación abarca no solo la adquisición de conocimientos relacionados con este entorno y el entrenamiento en las habilidades necesarias para adoptar decisiones financieras correctas, sino también la toma de conciencia de la existencia de los sesgos cognitivos, los momentos en que tienen mayor incidencia y la manera de obviarlos", señala la CNMV.

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Maximizar los ahorros

En cuestión de ahorro lo que menos aconsejan los expertos es el clásico y extendido 'guardarlos debajo del colchón'. Y es que la inflación, es decir, el aumento progresivo del coste de la vida con el tiempo, va deteriorando el valor de ese dinero, por lo que hay que ponerlo a trabajar para evitar perder poder adquisitivo. En otras palabras, es lo que explica por qué antiguamente se podía ir al cine por el equivalente a unas 33 pesetas (20 céntimos de euro).

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Una de las vías para maximizar los ahorros es la inversión. Para ello, hay que tener en cuenta dos variables: qué rentabilidad se desea obtener y qué riesgo se está dispuesto a asumir. "El actual contexto de tipos de interés en cero implica que las inversiones 'seguras', como los depósitos, no rindan, y con el paso del tiempo la inflación erosiona nuestro poder adquisitivo. Por tanto, conocer nuestro perfil como inversor y asumir un grado adecuado de riesgo se convierten en los elementos imprescindibles para rentabilizar adecuadamente nuestros ahorros", apunta Federico Servetto.

En este punto, hay que desmitificar algunas creencias en cuanto al ahorro a través de las inversiones. En primer lugar, la de que solo los ricos pueden invertir. No es necesario contar con grandes patrimonios para acceder a activos como la bolsa: con cantidades modestas y gracias a productos como los fondos de inversión, es posible. En lo que la mayoría de asesores financieros coincide es en aconsejar destinar un dinero que no se vaya a necesitar en un mínimo de cinco años. Y, como explica Servetto, las aportaciones periódicas son una buena solución, ya que permiten invertir regularmente una determinada pequeña cantidad de dinero, por ejemplo, cada mes o cada trimestre.

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Otro de los mitos es que invertir es demasiado complicado. Para ello, existen asesores financieros que pueden guiar en la toma de decisiones. Asimismo, está muy extendido el pensamiento de que hay que saber cuándo comprar o vender: Sin embargo, nadie tiene una bola de cristal para adivinar qué es lo que va a ocurrir, por lo que el mejor amigo del inversor es el largo plazo.

Fotografía de Amanda Dalbjörn en Unsplash
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