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Por qué y cómo invertir en infraestructuras

05/10/2020

Es una industria que suele ofrecer interesantes perspectivas de rentabilidad para los inversores que apuestan por el largo plazo, gracias a que cuenta con empresas que son generadoras de caja y a que mantienen contratos de explotación en un extenso periodo de tiempo.

Pocos meses antes de que estallara la recesión global como consecuencia de la pandemia de la COVID-19, los fondos especializados en infraestructuras parecían estar de moda entre algunos analistas y gestores. El motivo es que, por regla general, las infraestructuras son una tipología de inversión alternativa que suele tener un buen comportamiento en las partes finales de los ciclos económicos, donde es más complicado obtener rentabilidad a través de otros tipos de activos, como fondos menos especializados o, directamente, mediante la compra de acciones en los mercados bursátiles. Sin embargo, la alta volatilidad que se ha instalado recientemente, levanta algunas dudas sobre si, en estos momentos, es aconsejable apostar por ellos o no, aunque, pensando en el largo plazo, parece que siguen siendo una oportunidad interesante para complementar cualquier cartera.

Vocación de futuro

La crisis financiera, a pesar de haberse tornado en recesión en muchos países y regiones, no ha evitado que se mantengan, e, incluso, que se inicien proyectos de infraestructuras muy ambiciosos, que van íntimamente ligados al propio desarrollo económico de las naciones. Entre ellos, cabe destacar, por ejemplo, la construcción de plantas de energía, autopistas, hospitales o redes de telecomunicaciones; activos, todos ellos, concebidos para mantenerse en uso durante periodos de tiempo muy largos, por lo que su revalorización esperada será constante a lo largo de los años venideros. Eso significa, para los inversores, rendimientos periódicos en forma de dividendo, adelantando uno de los primeros motivos por los que confiar en este tipo de inversiones.

De acuerdo al Banco Mundial, en su informe ‘Beyond the Gap: How Countries Can Afford the Infrastructure They Need while Protecting the Planet’, a lo largo de la próxima década los países en vías de desarrollo deberán acometer una ingente inversión en infraestructuras de todo tipo para poder atender las necesidades de los ciudadanos. El texto cita, por ejemplo, que alrededor de 2.500 millones de personas no disponen hoy de instalaciones básicas de saneamiento y que casi 1.000 millones carecen de algún tipo de electricidad. Por su parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha afirmado que, entre los años 2016 y 2030 se tendrán que invertir 6,2 billones de dólares en infraestructuras en todo el mundo para asegurar el crecimiento y fomentar el desarrollo.

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Y estas previsiones no solo se ciñen a las economías menos poderosas, sino que, en el denominado Primer Mundo, habrá que acometer una profunda remodelación de las infraestructuras ya existentes para hacerlas más competitivas, más adaptadas a las necesidades crecientes y más personalizadas de la población y adecuarlas a la implantación de nuevas tecnologías, como el Blockchain o la Inteligencia Artificial (IA). De hecho, un análisis del Global Infrastructure Hub titulado ‘How the world is facing a $15 trillion infrastructure gap by 2040’, afirma que, en conjunto, la economía global deberá invertir en torno a 15 billones de dólares para cubrir las necesidades reales de renovación de infraestructuras hasta el año 2040, contando con respetar, además, los preceptos recogidos en la Agenda 2030 de Naciones Unidas sobre desarrollo sostenible y cambio climático, pero que, de poder acometer ese gasto, es muy probable que en menos de 10 años el Producto Interior Bruto (PIB) mundial pueda sumar un crecimiento extra de siete décimas.

En el caso de que se acometa la construcción de las principales infraestructuras previstas, el PIB mundial podría tener un crecimiento anual de siete décimas

Sector defensivo y estable

Si algo caracteriza a las acciones de las empresas de infraestructuras que cotizan en los mercados financieros es que tienen un fuerte componente defensivo, es decir, que su evolución en Bolsa es poco sensible a las variaciones económicas, lo que, en momentos de crisis coyunturales, les ayuda a resistir mejor en sus niveles de cotización que en el caso de otros activos. Además, suelen tratarse de compañías protegidas ante los vaivenes de la volatilidad, dado que su fortaleza reside en los contratos de suministro que firman con grandes agentes, como, por ejemplo, los gobiernos o las multinacionales de mucha capitalización. Gracias a ello, suelen ser importantes y estables generadoras de caja, lo que significa, por regla general, balances saneados.

Además, por su propia idiosincrasia, se trata de un sector con una fuerte barrera de entrada, dado que cualquier nuevo operador debe acometer inversiones muy relevantes antes de estar en condiciones de presentarse a proyectos como, por ejemplo, construir una autopista o realizar el tendido eléctrico en un territorio (todo ello por no hablar de la complejidad habitual de los concursos públicos para otorgar este tipo de obras, y que, ya de por sí, exigen a las organizaciones un potente músculo económico para poder presentarse).

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Esta realidad contribuye a que las empresas de esta industria sean capaces de ofrecer elevados márgenes operativos, lo que les permite, por un lado, poder responder con garantías financieras a la Administración en relación a que podrán ejecutar con éxito y en tiempo los proyectos que se les adjudiquen; y, por el otro, a abstraerse más que otras cuando se producen correcciones generalizadas en los mercados como consecuencia de una crisis, como ocurrió, sobre todo, al inicio de la pandemia global por la COVID-19.

De qué manera invertir en ellas

Quizá el principal hándicap de invertir en empresas de infraestructuras es que ‘obligan’ al ahorrador a mantener su inversión durante periodos de tiempo largos para recuperar su dinero y sacarle rentabilidad. Esto ocurre tanto por la propia lentitud en la concesión de un proyecto y su construcción hasta por los plazos de amortización económica en el uso de las instalaciones, que están previstas para ser explotadas durante periodos muy dilatados. Todo ello significa que, para el inversor, se limita su capacidad de generación de liquidez, lo que, por ejemplo, en momentos de necesitarla por culpa de una incidencia inesperada o, simplemente, porque puede existir alguna oportunidad de inversión en el mercado, condiciona su capacidad de movimiento.

La inversión en infraestructuras suele tener una vocación de largo plazo, aunque ofrece al ahorrador la posibilidad de obtener rentabilidad a través de los dividendos

Para invertir en ellas, la forma más directa es la compra de acciones, aunque, también es, con muchas probabilidades, la que puede suponer un mayor riesgo, habida cuenta de que se apostará solo por los títulos de una compañía o, a lo sumo, de un grupo seleccionado de ellos. Para poder diversificar y, por lo tanto, evitar que la caída puntual en alguno de los valores en los que invierte tenga un efecto excesivamente relevante en la cartera, existen fondos especializados solo en el sector de las infraestructuras, que cuentan con equipos de gestores profesionales que tienen un amplio conocimiento de la industria, tienen acceso a fuentes de información muy fiables y, sobre todo, realizan análisis sobre la calidad de las compañías y sus expectativas de crecimiento.

Además, contar a título particular con el asesoramiento financiero adecuado favorece no solo optar a elegir los mejores productos relacionados con este segmento de actividad y el momento idóneo para invertir en ellos (o deshacer posiciones), sino que, también, permite obtener recomendaciones fiscales para mover el capital, por ejemplo de un fondo a otro, gracias a las plusvalías generadas, y no tener que responder ante Hacienda hasta que se decida prescindir definitivamente de la cartera de inversión.

Fotografía de John Salvino en Unsplash
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