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Entrenar el pensamiento positivo para reducir el estrés y mejorar el trabajo en equipo

27/05/2021

Mantener una actitud afirmativa y optimista contribuye a mejorar el desempeño laboral y genera un buen ambiente de trabajo, pero alcanzarla requiere práctica

Ante un obstáculo o un inconveniente cabe la posibilidad de perder los nervios y ver todo negro, o bien respirar hondo, cortar los pensamientos negativos y buscar una solución. Mejor la segunda opción, ¿no? Actuar desde la “aceptación tranquila” se postula como la mejor manera para pasar el trance. Así lo cree Andrés Pascual, director del programa de bienestar corporativo de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). “Uno debe decirse: ‘Esto es lo que me toca hacer, así que lo hago de buena gana para no generar sufrimiento ni a mí mismo ni a los demás”, destaca. La idea es entrenar el pensamiento positivo, un valor en alza en el mundo empresarial.

Según Manel Reyes, director y socio de MRC International People Training, una veterana firma especializada en el desarrollo de profesionales, este tipo de disposición aumenta la longevidad y reduce el deterioro cognitivo de las personas. Además, incrementa la cooperación, mejora la comunicación, potencia la innovación y reduce el estrés, el conflicto y las luchas de poder en el espacio de trabajo.

Pero no todas las personas tienen la misma proporción de positividad de serie. Hay que entrenarla y convertirla en un hábito para que predomine sobre el pesimismo. Solo así, opina Reyes, que liderará el webinar 'Entrenar las actitudes positivas es posible'. Descubre sus beneficios, organizado por el HUB Empresa de Banco Sabadell, este optimismo acabará formando parte esencial del carácter.

¿Qué significa ser positivo?

La actitud positiva es la capacidad de percibir el entorno de manera constructiva y posibilista. “Es la disposición para interpretar la realidad de forma que asumimos que somos capaces de conseguir algo”, describe Carlos Royo, profesor asociado de Esade. Cuando se tiene una disposición positiva, apunta, es más fácil ser 'autoeficaz', es decir, cumplir con las tareas y los retos.

“La evolución nos ha programado para prestar atención siempre a lo negativo, a fin de protegernos del peligro. Pero las personas resilientes, además de poner un ojo en las posibles amenazas, tienen otro para sintonizar con lo que le genera buenas sensaciones”, destaca Pascual.

Este optimismo está presente en el ser humano. Es un rasgo que participa en su percepción, al igual que el pesimismo, que es precisamente lo contrario: la visión de que nada será como se ha previsto, que no producirá ningún beneficio y que, incluso, generará algún perjuicio.

Ambos sesgos son como gafas que permiten interpretar qué ocurre alrededor y tomar decisiones al respecto. Y son, en buena parte, hereditarios. “Se dice que en torno al 60% de lo que somos es genético y el 40% es aprendido”, detalla Andrés García Notario, director del Gabinete Psicopedagógico de la Universidad Alfonso X El Sabio (UAX).

La persona que tiende genéticamente a la negatividad, tiene la esperanza de superarla entrenando y la que tiene una personalidad en la que prevalece la positividad, siempre puede potenciarla.

La vida, sin embargo, no pone fácil mantener una actitud optimista. Existen factores que contribuyen a generar este ambiente de pesimismo. Royo identifica dos tipos. Los factores predisponentes se materializan en las situaciones del día a día que provocan acumulación de tensión y de cambios de ánimo de los que no se es consciente. Por ejemplo, una discusión de pareja o una mala noticia en el trabajo. “Son circunstancias que predisponen a uno a perder el control y que, si se les presta atención, se acumulan hasta generar factores precipitantes”, describe. Estos últimos, los define como las situaciones en las que se pierde el control y se actúa de manera poco asertiva. “Se producen cuando se grita, se pierden los nervios o cuando uno decide aislarse”.

Mantener una buena actitud en estos momentos consiste en prestar la misma atención a los pensamientos positivos que a los negativos. “Esto permite no ir amontonando un malestar que puede acabar generando ese factor precipitante”, apunta.

¿Cómo se desarrolla el pensamiento positivo?

Según Royo, hay unos circuitos neurológicos asociados al optimismo. “Están localizados en el neocórtex prefrontal, donde está la frente. Ahí se sitúa la capacidad para afrontar el abatimiento ante situaciones difíciles”, explica. Cuando estos circuitos se entrenan mediante el hábito, producen el cambio del pensamiento negativo al neutro y de este al positivo.

“Por ejemplo, si al levantarse por la mañana el primer pensamiento es negativo, del tipo: ‘¡Otro día más, todavía es jueves, qué lentamente pasa la semana!’, se está activando una actitud que lleva a un tipo particular de conducta. Es como cuando uno va por una carretera y siempre coge el mismo desvío”, expone Royo.

Para acabar con esa tendencia pesimista, el mensaje matutino debe ser diferente: “¡Venga, un día más, vamos a ver qué cosas buenas pueden pasar hoy!”, por ejemplo. Esto no significa, advierte Royo, que la vida vaya a cambiar de golpe. “La existencia no se volverá de color de rosa, pero se está alterando el circuito neurológico habitual”. Se trata de un cambio que puede hacerse desde la parte cognitiva; desde la parte conductual, las cosas que se hacen; pero también desde la emocional, las cosas que se sienten.

“Solamente con darse cuenta ya se está haciendo mucho, es una primera llamada de atención. Se asemeja a ir por una carretera por la que se va siempre, pero ahora se perciben los otros coches, los árboles del entorno… Se deja de automatizar las emociones negativas, como la ansiedad o la tristeza, que producen el pesimismo”, añade el profesor de Esade. Esta atención es la clave para fomentar la positividad. El mindfulness es, precisamente, una técnica que propone a las personas desarrollar una atención plena y consciente.

La positividad, aliada de la creatividad

Royo, profesor asociado de Esade, explica que el psicólogo norteamericano Richard Boyatzis, doctor en Psicología Social por la Universidad de Harvard, cuenta que, si ante una situación el individuo se enfoca en lo que puede salir mal, en sus deficiencias, en sus carencias y en el miedo, se activa el sistema nervioso simpático, asociado con la amenaza que lo mantiene en guardia.

En cambio, cuando se trabaja desde la positividad, se despierta el sistema nervioso parasimpático, que impulsa la capacidad para crear, imaginar e inspirar. “El pensamiento positivo te lleva a una forma de pensar divergente, fuera de lo habitual, a la genialidad”, explica Andrés García Notario, director del Gabinete Psicopedagógico de la Universidad Alfonso X El Sabio (UAX). “El optimista es profundamente creativo, aunque un buen pesimista haga grandes canciones en un momento terrible”, bromea.

¿Cómo se genera la positividad en el equipo?

Reyes asegura que el fomento del optimismo es un ejercicio individual que tiene repercusión grupal. “La climatología emocional de un conjunto de personas se nutre de las temperaturas emocionales de sus miembros”, asegura. Ser positivo, continúa, hoy no es capricho, sino un compromiso. “El responsable de los equipos debe dejar de pensar que serlo le hace parecer blando. Realmente lo que le hace es más accesible. Los compañeros le seguirán y crearán juntos un equipo más creativo, atrevido y productivo”, recomienda.

Un buen líder, opina José Luis Bosch, director del máster de Dirección de Recursos Humanos de OBS Business School, debe reconocer públicamente las acciones positivas de sus miembros y no sancionar las negativas. “Hay que ir minimizándolas”, apunta.

Para generar este buen ambiente, Royo hace hincapié en la importancia del lenguaje. “Se potenciará si se sustituye el verbo tener que hacer en las órdenes por querer. También a través de las preguntas abiertas que impulsan la posibilidad de hacer cosas, porque se dota al interlocutor de capacidades para ofrecer soluciones: ¿Qué necesitarías para que esto salga bien?, ¿cómo imaginas que será la situación una vez que hayamos logrado el objetivo?“, explica.

Esto no quiere decir que no haya que hacerse otras como “¿Has tenido en cuenta todos los riesgos?, ¿sabes que puede salir mal? “, sino que, si solo se hacen de este tipo, remarca Royo, se bloquea cualquier perspectiva afirmativa.

TRES PASOS PARA ENTRENAR LA POSITIVIDAD

Andrés Pascual, director del programa de bienestar corporativo de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y autor de Incertidumbre positiva: cómo convertir la inseguridad, el caos y el cambio en una vía al éxito (Espasa, 2020), propone tres consejos para entrenar el pensamiento positivo cuando el pesimismo acecha:

  1. Practicar la terapia narrativa. Debido al estrés acumulado, cuando ocurre algo negativo, se tiende a dramatizar. Por ejemplo, cuando surge un problema con una nueva aplicación esencial para seguir desempeñando un puesto de trabajo y se comienza a pensar que no se está preparado para ese cargo o que se tiene poca pericia. En ese momento, determina Pascual, se debe reformular la historia que uno se cuenta a sí mismo: hay que poner el foco en las virtudes y en los logros cotidianos para saltar del pesimismo y el drama, a la esperanza y la resiliencia. “Por ejemplo, si se mantiene la calma y se piensa que al igual que se han logrado otros cambios en el pasado, se puede aprender a manejar esta aplicación”.
  2. Recuperar la sensación de control. La sensación de control es vital para mantenerse optimista. Por eso, se puede entrenar a través de la resolución de pequeños problemas cuya gestión está al alcance. Y, sobre todo, no perder el tiempo preocupándose por las cosas que están fuera del círculo de influencia, como las decisiones políticas o lo que los demás piensan.
  3. Potenciar la gratitud. Valorar desde el agradecimiento los pequeños avances que se vayan produciendo, en lugar de sufrir desde la frustración de todo lo que aún queda por resolver. “Martin Seligman, padre de la psicología positiva, demostró que las personas que hacen una lista diaria de gratitud, anotando las cosas buenas que les han sucedido, experimentan niveles muy superiores de bienestar y muy inferiores de depresión”, concluye Pascual.
Fotografía de Artem Beliaikin en Unsplash
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