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Cómo valorar la innovación antes de invertir en una compañía cotizada

17/05/2021

Aunque no resulta sencillo medir objetivamente desde un punto de vista financiero la innovación, sí que es posible incorporar en el análisis determinados parámetros clave

Cada día resulta más difícil no relacionar el desempeño bursátil de las compañías con su estrategia de innovación. En un mundo cada vez más cambiante y en el que la pandemia de la COVID-19 está acelerando aún más gran parte de esos cambios, invertir en innovación ha pasado de ser un elemento con el que intentar generar una ventaja competitiva a ser una cuestión de supervivencia y de adaptabilidad ante los profundos cambios que experimentan ámbitos como el social, el económico o el tecnológico. En este sentido, la innovación es la respuesta que ofrecen las entidades a estas transformaciones, de manera que sus modelos de negocio puedan ofrecer una sostenibilidad real a medio y largo plazo.

Reducir tiempos y costes de fabricación, mejorar los sistemas de comunicación con los clientes en los servicios posventa, añadir elementos cualitativos a los bienes o a los servicios que ya se ofrecen en el mercado, o conseguir comercializar un nuevo producto complementándolo con las sinergias positivas de otros mercados o industrias. La innovación está hoy íntimamente ligada con la tecnología porque es el camino para orientar de manera más eficiente la optimización y la mejora de procesos, de modo que se aumente la generación de ingresos para una compañía y, con ello, su rentabilidad. En contra de lo que pueda parecer, Europa es líder mundial en innovación, ya que, según el Índice Mundial de Innovación 2020 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, siete de los 10 países más innovadores del mundo están en el Viejo Continente.

El auge de la digitalización y de la innovación tecnológica no solo ha seguido creciendo durante la pandemia sino que se ha disparado gracias a factores como la consolidación del teletrabajo, el incremento del comercio online o el desarrollo exponencial de los servicios en la nube o por streaming. Por citar el ejemplo posiblemente más recurrente de innovación digital, el formado por las cuatro grandes tecnológicas globales (Google- Alphabet, Apple, Facebook y Amazon, más conocidas por el acrónimo GAFA), sus resultados en 2020 fueron muy positivos, lo que ha servido, a su vez, para disparar aún más su cotización bursátil.

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Amazon, gracias al comercio electrónico, duplicó sus beneficios con respecto a 2019, hasta los 17.700 millones de euros, mientras que Apple cosechó unas plusvalías de 47.700 millones. Por su parte, a comienzos de 2021, las acciones de Google- Alphabet tocaron su máximo histórico, superando los 2.000 euros por título, en tanto que la compañía de la manzana logró situarse como la empresa con mayor valor bursátil del mundo, seguida, precisamente, de Microsoft, Amazon y Google- Alphabet.

Medir la innovación para invertir

El inversor minorista dispone de una amplia oferta de compañías cotizadas en las que invertir entre los sectores más innovadores y disruptivos del mundo, como el blockchain, la inteligencia artificial, la robótica o el internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés). En la mayoría de estas compañías, el núcleo de su estrategia es la innovación, por lo que poder evaluarla en su justa medida es clave para valorarlas y, posteriormente, tomar la decisión de invertir o no en ellas.

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Conocer cuánto vale una empresa tecnológica o incluso una startup implica analizar, al menos, dos realidades: por una parte, cuál es el valor real de la organización sin tener en cuenta ningún elemento de I+D, es decir, evaluar su capital humano, su reputación, la organización entre los diferentes departamentos, su compromiso social, la relación con los proveedores, las cualidades de su marca, etc. Por otra parte, consiste en determinar de un modo aproximado, el valor económico de las disrupciones que posea. De la suma de ambos conceptos se determina la valoración real de la entidad, dato que, dividiéndolo por el número de acciones en circulación debería servir para determinar el precio de cada título bursátil.

Valorar la innovación implica una evaluación independiente, analizando lo que aporta estructuralmente a la entidad en su conjunto

El problema de medir con realismo la innovación se intenta paliar mediante sistemas de evaluación. Por ejemplo, existe un modelo que se basa en comparar las nuevas disrupciones que presenta la entidad con respecto a lo que ya existe en el mercado, y que se define como estrategia de innovación incremental. Otra opción es evaluar si esas innovaciones podrían llegar a crear nuevos mercados e industrias con productos que ya están operando, es decir, establecer una ruptura con lo que existe. Finalmente, está la estrategia de innovación disruptiva, que se basa en que los nuevos desarrollos cambian por completo a un sector, definiendo reglas inéditas y un escenario distinto para los diferentes players.

Desde el plano financiero, trasladar esto a números es complicado, aunque la aproximación más realista que suelen llevar a cabo muchos consultores especializados es la de la valoración intrínseca de la compañía. Este análisis utiliza el método de descuento de flujo de caja, lo que implica plantear diferentes escenarios y estimar cómo se comportaría la entidad en cada uno de ellos y qué flexibilidad operativa real tendría. El problema, como es lógico, es que el futuro, y más en el mundo digital, es bastante incierto, por lo que es necesario complementar el análisis con otros elementos más objetivos como el plan de negocio de la compañía.

El retorno real de la innovación

Desde el punto de vista corporativo, muchas compañías utilizan un indicador conocido como retorno de la inversión (ROI), de cara a convencer a posibles inversores para que participen en la financiación de proyectos relacionados con I+D. Todo ello bajo la premisa de que innovar sin poder demostrar y medir unos resultados concretos es poco efectivo si se quiere captar la atención de nuevos socios.

Para que el ROI sea aceptado debe basarse en una serie de métricas. Por un lado, están las métricas de entrada, que se usan para medir las inversiones, es decir, el esfuerzo en talento, dinero y tiempo que se precisa para gestionar con éxito una estrategia de innovación. De este modo, se lleva a cabo una estimación de la asignación de recursos que tiene que dedicar una organización a innovar, en base a algunos hitos como, por ejemplo, el gasto en I+D en relación a las ventas o el coste por empleado.

Por otro lado, a través de las métricas de salida se evalúa el resultado que ha generado la inversión en innovación, algo que se mide a través de la evolución en el crecimiento de los ingresos, la productividad o los menores costes laborales u organizativos.

Junto a estas métricas, es frecuente que se pongan en marcha algunos indicadores clave de rendimiento (KPI) para evaluar con mayor realismo la innovación, como es el caso de la tasa de innovación (que mide el peso de la innovación en relación al peso que tiene en las ventas reales de una compañía), el grado de innovación (que estima cómo de disruptiva es una innovación en relación a una industria determinada) o el portfolio de innovación (que tiene por objetivo evaluar durante cuántos años una empresa puede beneficiarse de sus desarrollos de I+D en su mercado de referencia).

Fotografía de ThisisEngineering RAEng en Unplash
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